agosto 29, 2025

En nuestro estudio del libro de Daniel, hemos llegado al capítulo 9. Este pasaje crucial nos muestra la reacción del profeta ante las visiones que Dios le había dado. Después de una visión tan impactante que lo dejó debilitado (ver el capítulo 8), Daniel se sintió impulsado a buscar a Dios de una manera profunda.

Este capítulo es especialmente conocido en la escatología, ya que contiene la famosa profecía de las 70 semanas de Daniel, una revelación con una precisión asombrosa. Pero antes de recibir esta profecía, Daniel tomó una acción fundamental que lo llevó a esta visión poderosa: buscar a Dios en oración.

El capítulo 9 nos sitúa en el primer año de Darío, el rey que Ciro había puesto a cargo de Babilonia tras la caída del imperio babilónico. En este punto, Daniel ya era un hombre anciano.

Cuando fue llevado a Babilonia de joven, no se imaginaba que el cautiverio duraría tanto. A medida que los años pasaban, Daniel se dedicó a estudiar "en los libros" de los profetas, específicamente las profecías de Jeremías.

La Fuente de la Oración: La Palabra de Dios

Daniel 9:2 dice: "En el año primero de su reinado, yo Daniel miré atentamente en los libros el número de los años de que habló Jehová al profeta Jeremías, que habían de cumplirse las desolaciones de Jerusalén en 70 años."

Daniel sabía que la promesa de Dios de restaurar a Su pueblo era real y estaba cerca. Las profecías de Jeremías (25:11 y 29:10) dejaban claro que el cautiverio en Babilonia tendría un límite de 70 años.

Al leer esto, la fe de Daniel se encendió. Él estaba emocionado por el inminente cumplimiento de la palabra profética. Esta revelación no lo dejó indiferente; lo motivó a actuar.

La Profundidad de la Oración: Humillación y Confesión

La motivación de su oración no era solo por una respuesta, sino también el reconocimiento de la culpa del pueblo.

Daniel 9:3 nos muestra cómo buscó a Dios: "y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno, silicio y ceniza."

Esta no era una simple petición. Era una búsqueda intensa, un acto de profunda humillación.

  • Oración y ruego: Su comunicación con Dios era una súplica ferviente.
  • Ayuno: El ayuno no era un mandamiento de la ley, pero siempre ha sido una práctica del pueblo de Dios. Servía para mostrar una entrega total y una dependencia de Él. Jesús mismo esperaba que sus seguidores ayunaran.
  • Silicio y ceniza: Vestirse de silicio y cubrirse de ceniza era un acto público de luto, arrepentimiento y humillación. (Isaías 58:5) Daniel estaba demostrando una profunda tristeza por el pecado de su pueblo.

Daniel, un hombre de gran integridad, se incluyó en la confesión del pecado de la nación. Esta humildad es un ejemplo poderoso. Él entendía que el cautiverio era un justo castigo por la desobediencia del pueblo. Ellos no habían obedecido a los profetas que Dios les había enviado (Daniel 9:6).

El Justo Juicio y el Clamor por Misericordia

Daniel reconocía que la justicia pertenecía a Dios, mientras que el pueblo solo tenía "confusión de rostro" (Daniel 9:7). La "confusión de rostro" en este contexto significa vergüenza. El castigo que habían sufrido no solo era sobre Judá y Jerusalén, sino sobre todo Israel.

A pesar de reconocer el merecido castigo, Daniel apela a la naturaleza de Dios:

"De Jehová nuestro Dios es el tener misericordia y el perdonar, aunque contra él nos hemos rebelado." — Daniel 9:9

Daniel sabía que el perdón no era algo que el pueblo mereciera, sino que era una característica inherente a Dios. Él no basa su ruego en sus propias obras, sino en la inmensa misericordia de Dios. Su oración es un eco de la ley de Moisés, que advertía de las maldiciones por la desobediencia (Deuteronomio 28:15).

Daniel reconoce que el pueblo no se había humillado ni arrepentido, incluso después del castigo.

"Conforme está escrito en la ley de Moisés, todo este mal vino sobre nosotros; y no hemos implorado el favor de Jehová nuestro Dios para convertirnos de nuestras maldades y entender tu verdad." — Daniel 9:13

Él sabe que Dios es justo en todo lo que hace (Daniel 9:14), y por eso no hay quejas. Él simplemente suplica por el fin del castigo.

La Motivación: El Nombre de Dios

La petición de Daniel no es solo por el bien de su pueblo, sino por la gloria de Dios.

"Ahora pues, Dios nuestro, oye la oración de tu siervo y sus ruegos, y haz que tu rostro resplandezca sobre tu santuario asolado, por amor del Señor." — Daniel 9:17

La restauración de Jerusalén y del templo no era solo una cuestión política, sino que afectaba la reputación del nombre de Dios entre las naciones paganas. Los pueblos vecinos se burlaban de Israel y, por extensión, de su Dios, diciendo: "Este era el pueblo del gran Jehová, y mira cómo están". Daniel quería que Dios vindicara Su propio nombre.

Su ruego es apasionado y urgente:

"Inclina, oh Dios mío, tu oído y oye; abre tus ojos y mira nuestras desolaciones, y la ciudad sobre la cual es invocado tu nombre; porque no elevamos nuestros ruegos ante ti confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias." — Daniel 9:18

Daniel no se jacta de su propia rectitud. Al contrario, reconoce que sus obras no son suficientes para merecer la misericordia de Dios. Él solo apela a la gran misericordia de Dios.

"¡Oh Señor, oye! ¡Señor, perdona! ¡Señor, presta oído y hazlo! No tardes, por amor de ti mismo, Dios mío; porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo." — Daniel 9:19

El fervor y la urgencia de su oración se reflejan en la repetición y las comas, mostrando la intensidad con la que Daniel clamaba a Dios. Él sabía que el tiempo de los 70 años estaba cerca, y le rogaba a Dios que no se demorara en cumplir su promesa.

La Respuesta de Dios: El Mensajero Gabriel

La respuesta de Dios llegó de manera inmediata y dramática.

"Aún estaba hablando y orando y confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, y derramaba mi ruego delante de Jehová mi Dios por el monte santo de mi Dios; aún estaba hablando en oración, cuando el varón Gabriel, a quien había visto en la visión al principio, volando con presteza, vino a mí como a la hora del sacrificio de la tarde." — Daniel 9:20-21

La oración de Daniel fue interrumpida por la respuesta de Dios. El ángel Gabriel, un mensajero conocido en la Biblia, se le apareció para traerle la revelación que buscaba. Es notable que Gabriel viniera "como a la hora del sacrificio de la tarde", a pesar de que no había templo en Jerusalén. Esto demuestra que Dios aceptó la oración de Daniel como un sacrificio en sí mismo, honrando su corazón arrepentido y humillado.

Conclusión

Daniel nos enseña una lección vital: si queremos respuesta de Dios, debemos humillarnos de corazón ante Él. También vemos que el profeta no solo oró por su pueblo, sino que se identificó con su pecado, demostrando un corazón humilde que conmovió el trono de Dios.

Ante tal humillación, la respuesta no se hizo esperar. Dios envió a Gabriel para mostrarle la profecía de las 70 semanas, una de las más exactas y detalladas de toda la Biblia. Esta revelación fue un testimonio de la bondad de Dios para con su siervo.

El corazón de Daniel estaba puesto en la restauración de su pueblo y, sobre todo, en la exaltación del nombre de Dios. ¡Qué ejemplo para nuestra propia vida de oración!

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