febrero 27, 2026

I. Introducción

La hermenéutica bíblica es la ciencia y el arte de interpretar las Escrituras. Su nombre proviene del dios griego Hermes, mensajero de los dioses, y del verbo hermeneuein, que significa 'interpretar' o 'explicar'. Desde los tiempos más antiguos, los creyentes han enfrentado el desafío de comprender correctamente los textos sagrados: determinar qué significó el mensaje para sus destinatarios originales y qué significa para los lectores de hoy. La hermenéutica bíblica no es un ejercicio académico alejado de la vida espiritual, sino el fundamento indispensable para una predicación fiel, una teología sólida y una vida cristiana bien orientada.

A lo largo de la historia de la iglesia, diversas escuelas de interpretación han florecido y, en ocasiones, se han enfrentado entre sí. Desde la escuela alegórica de Alejandría hasta el literalismo de Antioquía, desde la exégesis medieval de los cuatro sentidos hasta la Reforma protestante con su principio de sola Scriptura, la pregunta sobre cómo leer la Biblia ha ocupado las mentes de los más brillantes teólogos. En el presente ensayo se expondrán los principios fundamentales que guían una interpretación responsable, coherente y transformadora de las Sagradas Escrituras.

II. El Principio Histórico-Gramatical

El primer y más fundamental principio de la hermenéutica evangélica es el método histórico-gramatical. Este principio sostiene que el significado de un texto bíblico debe buscarse en el sentido natural de las palabras, tal como fueron entendidas en su contexto histórico y lingüístico original. El intérprete debe preguntarse: ¿Qué quisieron decir estos autores a sus lectores del siglo I —o del siglo X a.C.— con estas palabras específicas, en esta situación concreta?

La dimensión gramatical exige un estudio cuidadoso de los idiomas originales: el hebreo y el arameo del Antiguo Testamento, y el griego koiné del Nuevo Testamento. La morfología, la sintaxis y el vocabulario no son meros tecnicismos; son las ventanas que permiten al intérprete ver con mayor claridad la intención del autor. Por ejemplo, la diferencia entre el tiempo aoristo y el tiempo presente en el griego del Nuevo Testamento puede modificar sustancialmente la comprensión de un texto sobre el pecado o la santificación.

La dimensión histórica, por su parte, requiere que el intérprete se familiarice con el trasfondo cultural, político, religioso y social del mundo bíblico. El contexto del Éxodo, la cosmovisión del mundo grecorromano del siglo I, las costumbres judías del período del Segundo Templo: todos estos elementos iluminan el sentido de los textos e impiden lecturas anacrónicas que proyectan sobre el texto categorías modernas ajenas a él.

III. El Principio del Contexto

Un texto sin contexto es un pretexto. Este principio, ampliamente citado en la práctica hermenéutica, subraya que ningún versículo puede interpretarse de manera aislada. El contexto opera en múltiples niveles que el intérprete debe considerar de manera progresiva y articulada.

El contexto inmediato comprende los versículos que rodean directamente al pasaje en estudio: los párrafos precedentes y los subsiguientes. El contexto mediato se extiende al capítulo completo y al libro en su conjunto, considerando el propósito que el autor declara o implica en su obra. El contexto remoto abarca el corpus bíblico más amplio: el conjunto del Antiguo o del Nuevo Testamento según corresponda, y finalmente el canon bíblico completo.

Numerosos errores doctrinales a lo largo de la historia han surgido precisamente de ignorar este principio. Sectas y movimientos heterodoxos han construido edificios teológicos enteros sobre versículos arrancados de su contexto literario e histórico. La disciplina de respetar el contexto es, pues, no solo un ejercicio intelectual sino una responsabilidad ética ante el texto sagrado y ante la comunidad que lo recibe.

IV. El Principio de la Analogía de la Fe

Este principio, conocido en latín como analogia fidei, establece que la Escritura interpreta a la Escritura. Dado que los reformadores y la tradición evangélica afirman que la Biblia es inspirada por un único Espíritu divino, se asume una coherencia fundamental en su mensaje. Los pasajes oscuros o difíciles deben iluminarse a la luz de los pasajes más claros que tratan el mismo tema.

Este principio tiene implicaciones profundas para la teología sistemática. Cuando Martín Lutero buscó comprender la 'justicia de Dios' en Romanos 1:17, fue el Salmo 31 y el Habacuc 2:4 los que le proporcionaron la clave: 'el justo por la fe vivirá'. La analogia fidei no suprime la diversidad literaria y teológica de los distintos libros bíblicos, sino que reconoce que, en su diversidad, los escritos canónicos apuntan hacia una revelación unitaria que culmina en la persona de Jesucristo.

El peligro que debe evitarse en la aplicación de este principio es la armonización forzada, es decir, borrar las tensiones legítimas entre textos o silenciar las voces particulares de cada autor bíblico. La analogia fidei no es una licencia para uniformar artificialmente la riqueza plural de las Escrituras, sino una invitación a buscar la coherencia profunda que subyace a su diversidad superficial.

V. El Principio de la Intención Autoral

La hermenéutica responsable busca descubrir la intención del autor, tanto en su dimensión humana como en su dimensión divina. Este principio distingue entre la hermenéutica bíblica y ciertas corrientes filosóficas modernas —como el deconstructivismo de Derrida— que sostienen que el texto se desvincula del autor una vez producido y que el lector construye autónomamente su significado.

E.D. Hirsch, en su influyente obra Validity in Interpretation (1967), argumentó que el significado de un texto está determinado por la intención del autor, mientras que la 'significancia' —la relevancia que ese significado tiene para distintos lectores en distintos contextos— puede variar. Esta distinción resulta útil para la hermenéutica bíblica: el significado del texto es estable porque proviene de una intención autoral determinada; la aplicación contemporánea, sin embargo, puede variar de acuerdo con las circunstancias del receptor.

En el caso de las Escrituras, la tradición cristiana ha hablado de una doble autoría: la del agente humano —Pablo, Isaías, Juan— y la del Espíritu Santo que lo inspira. Esto introduce la posibilidad del sensus plenior o 'sentido más pleno': un significado que trasciende la conciencia explícita del autor humano, pero que está implícito en la intención del Espíritu. El Evangelio de Mateo, por ejemplo, ve cumplidas en Jesús profecías del Antiguo Testamento que en su contexto original parecían referirse a Israel como nación.

VI. El Principio de los Géneros Literarios

La Biblia no es un libro monolítico sino una biblioteca diversa que incluye narrativa histórica, poesía lírica, legislación, profecía, apocalíptica, epístola, evangelio, sabiduría y parábola, entre otros géneros. Cada género literario tiene sus propias convenciones, expectativas y reglas de interpretación. Ignorar el género es uno de los errores más frecuentes y costosos en la lectura bíblica.

La poesía, por ejemplo, hace uso abundante de imágenes, hipérboles y paralelismos que no deben interpretarse de forma literal sin más. Cuando el Salmo 91 promete que 'el ángel guardará todos tus caminos', no está formulando una proposición doctrinal que garantice la inmunidad física absoluta, sino expresando en lenguaje poético la confianza en la providencia divina. El libro de Job es un drama teológico en diálogo que no puede usarse directamente para establecer doctrinas a partir de los discursos de los amigos de Job, cuya perspectiva el propio texto pone en cuestión.

La literatura apocalíptica —el libro de Daniel, el Apocalipsis— recurre a imágenes simbólicas codificadas que tenían un significado específico para sus lectores originales, familiarizados con la tradición apocalíptica judía. Leer estos textos como reportajes futuristas literales supone desconocer las convenciones del género y, paradójicamente, oscurecer su mensaje en lugar de iluminarlo.

VII. El Principio de la Progresión Revelacional

La teología bíblica, hermana de la hermenéutica, ha subrayado que la revelación divina en la Biblia es progresiva: Dios se ha dado a conocer de manera gradual, acumulativa y culminante en la persona de Jesucristo. La carta a los Hebreos lo expresa con precisión: 'Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo' (Hebreos 1:1-2).

Este principio tiene consecuencias directas para la interpretación del Antiguo Testamento. Las leyes levíticas del sacrificio no son simplemente anacronismos jurídicos sino tipos y figuras que apuntan al sacrificio definitivo de Cristo. La monarquía davídica prefigura el reino eterno del Mesías. Las promesas del pacto abrahámico encuentran su cumplimiento en la familia de fe que trasciende las fronteras étnicas. Leer el Antiguo Testamento sin el horizonte cristológico que el Nuevo Testamento le otorga es como leer las claves de una obra musical sin conocer la resolución armónica a la que apuntan.

Al mismo tiempo, este principio no significa que el Antiguo Testamento carezca de valor propio o que deba leerse únicamente como anticipo del Nuevo. Cada etapa de la revelación tiene su integridad y su belleza, y el intérprete hace justicia tanto al horizonte original del texto como a su plenitud canónica.

VIII. El Principio de la Apertura del Intérprete

Ningún lector llega al texto bíblico desde una posición de neutralidad absoluta. Todos los intérpretes traen consigo una 'pre-comprensión' —sus experiencias, su tradición teológica, su cultura, sus intereses, sus prejuicios— que inevitablemente colorea su lectura. La hermenéutica contemporánea, desde Hans-Georg Gadamer hasta Paul Ricoeur, ha enfatizado la dimensión participativa e inevitablemente contextual de toda interpretación.

La respuesta hermenéutica adecuada no es negar la pre-comprensión —lo que resulta imposible— sino someterla a una revisión crítica constante mediante el diálogo con el texto. Gadamer habla de la 'fusión de horizontes': el horizonte del mundo del lector y el horizonte del mundo del texto se encuentran, se cuestionan mutuamente y generan una comprensión nueva. El intérprete bíblico debe estar dispuesto a dejar que el texto lo cuestione, lo corrija y lo transforme, en lugar de usarlo simplemente para confirmar lo que ya creía.

Desde una perspectiva teológica, esto incluye la apertura a la iluminación del Espíritu Santo. Calvino habló del testimonium internum Spiritus Sancti: el testimonio interior del Espíritu que acompaña la lectura de la Escritura y abre los ojos del lector a su verdad. Esta dimensión espiritual no sustituye el rigor exegético, sino que lo complementa, recordando que la comprensión bíblica es al mismo tiempo un ejercicio intelectual y un acto de comunión.

IX. Conclusión

La hermenéutica bíblica es, en definitiva, el arte de escuchar con fidelidad la voz que habla a través de los textos sagrados. Sus principios —el método histórico-gramatical, el respeto al contexto, la analogía de la fe, la búsqueda de la intención autoral, el reconocimiento de los géneros literarios, la comprensión de la progresión revelacional y la apertura del intérprete— no son reglas técnicas frías sino disposiciones del espíritu y herramientas del amor.

Una iglesia que interpreta bien la Biblia es una iglesia más madura, más compasiva y más fiel a su misión. Un creyente que aprende los principios hermenéuticos no solo entiende mejor el texto; se convierte en un lector más humilde, más atento y más dispuesto a ser moldeado por lo que lee. En última instancia, la hermenéutica bíblica está al servicio de lo que la propia Escritura proclama como su fin: que el ser humano sea restaurado a la imagen de Dios, instruido en justicia y equipado para toda buena obra (2 Timoteo 3:16-17).

El horizonte de toda interpretación bíblica no es simplemente el texto en sí mismo, sino aquel al que el texto apunta: el Verbo que en el principio estaba con Dios y que, al hacerse carne, se convirtió en la hermenéutica viviente del misterio divino.

Referencias Bibliográficas

Gadamer, H.-G. (1960). Wahrheit und Methode. Tübingen: J. C. B. Mohr.

Hirsch, E. D. (1967). Validity in Interpretation. New Haven: Yale University Press.

Klein, W. W., Blomberg, C. L., & Hubbard, R. L. (2004). Introduction to Biblical Interpretation. Nashville: Thomas Nelson.

Osborne, G. R. (1991). The Hermeneutical Spiral: A Comprehensive Introduction to Biblical Interpretation. Downers Grove: InterVarsity Press.

Ricoeur, P. (1976). Interpretation Theory: Discourse and the Surplus of Meaning. Fort Worth: Texas Christian University Press.

Silva, M. (1994). Biblical Words and Their Meaning: An Introduction to Lexical Semantics. Grand Rapids: Zondervan.

Vanhoozer, K. J. (1998). Is There a Meaning in This Text? The Bible, the Reader, and the Morality of Literary Knowledge. Grand Rapids: Zondervan.

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