Un hombre que arrastraba multitudes sin un solo milagro

Los judíos enviaron desde Jerusalén a sacerdotes y levitas para preguntarle a Juan quién era. ¿Por qué mandaron gente detrás de él, si su obra ya llamaba la atención de todos? Además, buscaron respuestas oficiales para entender su identidad y su misión entre el pueblo durante el encuentro.
Porque Juan era un hombre con un arrastre tremendo de multitudes. El encuentro entre él y las autoridades mostró cómo Dios lo usaba de tal manera que llamó la atención de todos los líderes religiosos. Así se consolidó un liderazgo temporal que impactó a las comunidades.
Y aquí hay un detalle poderoso: la Biblia no registra que Juan haya hecho un solo milagro. No sanó a nadie, no resucitó a ningún muerto. ¿Por qué, entonces, lo seguían las multitudes?
Cuatrocientos años de silencio
Durante unos cuatrocientos años no había habido profecía ni revelación de parte de Dios. Después de que el pueblo regresó del cautiverio a Jerusalén, en el tiempo de la restauración, vivió bajo persecuciones, dictadores y emperadores, pero no se había visto milagros, ni profecía, ni la unción de Dios sobre un hombre… hasta que vino Juan.
Por eso la gente no podía entender por qué no lograba resistirse: en este hombre había una autoridad que no tenían ni los sacerdotes, ni los fariseos, ni los levitas.
Cuando Dios respalda a alguien, no hace falta un milagro visible para entender que Dios está hablando a través de él.
El mensaje de Juan se oía corto y sencillo. Arrepentíos, convertíos, porque el reino de Dios se acerca con poder para cambiar vidas y destinos. Su voz tenía unción y autoridad de lo alto, capaz de sacudir la región entera.
Su ropa era de pelo de camello y su alimento en el desierto era muy distinto. Dios lo llamó con un llamado peculiar y especial que sacudió a toda la región. Su mensaje dejó huellas en familias, mercaderes y autoridades, y preparó el camino para el Maestro.
«¿Tú quién eres?»: las preguntas de los religiosos
Las multitudes alarmaron tanto a los líderes religiosos, que decidieron mandar a preguntar. Sus preguntas revelaban que no solo tenían miedo, sino respeto por Juan. La cantidad de gente que lo seguía y la autoridad de su mensaje les hacían pensar que quizá él fuera el Cristo. Por eso preguntaron, en orden descendente:
¿Eres el Cristo?
La palabra Cristo (del griego) es la misma palabra Mesías (que viene del hebreo), y significa «el ungido». Todos los reyes de Israel eran ungidos, pero el Mesías que esperaban era muy distinto: aquel que reinaría eternamente. Juan confesó con claridad: «Yo no soy el Cristo.»
¿Eres Elías?
Existía una profecía que anunciaba el regreso de Elías, y por eso pensaron que quizá se había cumplido en Juan (Malaquías 4:5). Pero él respondió: «No soy.»
¿Eres el profeta?
Esto se refería a las palabras de Moisés, quien anunció que Dios levantaría un profeta más grande que él —una profecía sobre el Señor Jesucristo (Deuteronomio 18:18). Los israelitas la recordaban y se preguntaban quién sería ese profeta. Juan volvió a responder: «No.» Y cuando finalmente le pidieron respuesta directa, dijo: «Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor.»
Preparar el camino del Señor
Nota la importancia del ministerio de Juan: Cristo no comenzaría hasta que Juan preparara el camino. No es que Jesús no tuviera el poder; es que Dios no trabaja fuera de orden. Dios es Dios de orden.
Cuando Isaías dice «Enderezad el camino del Señor», describe algo que ocurría en tiempos bíblicos y que aún hoy sucede: cuando un presidente va a visitar una ciudad, primero arreglan las calles, las limpian y las decoran. Recuerdo cuando un alto dignatario visitó California; de repente no se veía basura ni desorden por ninguna parte. ¿Por qué? Por respeto a quien venía, había que preparar el camino.
En el sentido espiritual, Juan viene a enderezar, limpiar y preparar el camino para que los corazones que van a oír el mensaje de Cristo estén preparados y atentos. Por eso Jesús dijo que no hay hombre nacido de mujer más grande que Juan. En el reino de Dios todos somos iguales, pero aquí en la tierra su llamado no fue cualquier cosa.
Cuando es Dios quien instala, el hombre no lo entiende. Ninguna autoridad religiosa de Israel le dijo a Juan que estaba ungido para bautizar; Dios lo llamó, Dios lo ordenó, y él empezó a hacerlo. Y como fue Dios quien lo llamó, la gente lo respaldó y lo siguió. Cuando es Dios quien te llama, Él te respalda, te fortalece, te capacita y te prepara. Puede que el ser humano nunca lo entienda, pero no es necesario que entienda: lo importante es que obedezcamos lo que Dios ha dicho.
«En medio de vosotros está uno a quien no conocéis»
Juan respondió: «Yo bautizo con agua, mas en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis. Este es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado.»
Juan y Jesús eran primos. No conocemos los detalles de su niñez ni cuántas veces interactuaron, pero siendo familia tuvieron que haberse visto en algún momento. Y aunque Juan nació primero, dice: «Este es antes que yo.» No habla del primo, habla del Mesías, del ungido que existe desde antes de la fundación del mundo. Como escribe Juan el apóstol en este mismo capítulo:
«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho.»Juan 1:1, 3
Juan el Bautista había recibido la revelación de que el Mesías era tan grande que él no era digno ni de desatar la correa de su calzado —una tarea que correspondía al siervo que recibía a quienes llegaban a una casa. «Yo ni siquiera soy digno de tan grande honor.»
Todo esto sucedió en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando. El lugar exacto es motivo de debate entre los historiadores; solo Dios lo sabe. Pero allí Juan ministraba el bautismo a quienes venían a él.
El encuentro: «He aquí el Cordero de Dios»
Al día siguiente de aquella entrevista, Juan vio a Jesús que venía a él.
En ese encuentro, dijo: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.»
Aquí surge una pregunta que solo en el cielo responderemos: hasta ese momento, ¿veía Juan a Jesús simplemente como el hijo del carpintero, como su primo? Creo que algo ocurre precisamente en este instante. Hasta aquí, Jesús vivió una vida cotidiana y normal, sometido a sus padres terrenales —José era su padre de crianza—, cumpliendo toda ley y todo propósito de Dios, y trabajando en el oficio de su padre. Jesús no era ocioso.
Ocúpate mientras llega tu momento
Mientras caminaba hacia el momento de su llamado, Jesús se mantuvo ocupado, nunca ocioso. Como dijo un predicador: una mente ociosa es un taller de Satanás. Si no hallas qué hacer, el enemigo te pondrá qué hacer; pero hay mucho que podemos hacer para la gloria de Dios.
El encuentro de Juan con Jesús no ocurre en una reunión familiar ni en una visita a la casa de un pariente. Ocurre aquí, frente al Mesías. Juan ya no se encuentra con un primo, sino con aquel que viene con la unción, con la investidura y con la manifestación. Ahora lo ve diferente. Este encuentro trae el cambio.
El Cordero que quita el pecado del mundo
Juan sabía por revelación que tenía que venir alguien a ser el Cordero perfecto. En Israel había un cordero que cubría el pecado en el día de la expiación, una vez al año; pero ese cordero anunciaba a Uno perfecto que vendría a borrar nuestros pecados.
Cuando tú y yo tenemos este encuentro con el Cordero de Dios, viene una transformación. Todos nacemos bajo pena de muerte, con una acusación que nos condena por causa del pecado. Pero vino el Cordero que quita el pecado, para que, a través de su sangre, tengamos vida eterna.
No olvidar nuestro propio encuentro
Aunque nuestro encuentro no fue visible ni físico, fue real: ocurrió en el momento en que nacimos de nuevo, ese instante de un antes y un después en que el Señor vino a morar en nuestra vida. No debemos olvidarlo, para mantenernos fieles y caminando en victoria.
No podemos permitir que estos tiempos —en los que se va perdiendo la sensibilidad espiritual y abunda la distracción— nos hagan olvidar el momento en que fueron borrados nuestros pecados, en que vino la paz interior y nuestra conciencia fue purificada. Cuando olvidamos el beneficio principal de la salvación —el perdón de pecados— muere la intensidad de nuestro servicio, de nuestra adoración y de nuestra alabanza.
Y cuidado con pensar que aquel sacrificio nos limpió una sola vez. Cada día debemos humillarnos y pedir perdón, porque cada día somos débiles y fallamos. Cada día esa sangre nos limpia, y podemos decir: «Señor, límpiame, lávame, purifícame.»
La señal: el Espíritu descendió como paloma
Esta revelación no se la reveló a Juan carne ni sangre, sino Dios mismo, personalmente. Por eso Juan repite: «Yo no le conocía.» ¿Cómo veía a Jesús antes? Como al primo. Pero llegó el día en que el Padre le dijo a Jesús: «Ve ahora al río. Por varios años Juan ha preparado el camino. Hoy es el día en que Juan te conocerá de verdad.»
«Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él. Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo.»Juan 1:32–33
Esta fue la señal, la confirmación. Juan no sabía quién era el Mesías hasta ese momento. Aunque él bautizaba con agua, aquel que veía venir bautizaría con el Espíritu de Dios. Este que bautiza con el Espíritu Santo es el Mesías, el Cordero que quita el pecado del mundo. Y Juan concluye su testimonio:
«Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»Juan 1:34
Los discípulos siguen a Jesús
Al día siguiente, otra vez estaba Juan con dos de sus discípulos. Al ver a Jesús que pasaba, dijo: «He aquí el Cordero de Dios.» Los dos discípulos le oyeron hablar y siguieron a Jesús. Hasta ese momento seguían a Juan, pero ahora entendían: Juan no era el Mesías; su llamado era prepararle el camino a aquel que él señalaba como el Cordero.
¿Y cómo se sentiría Juan? Contento. Se estaba cumpliendo el propósito de Dios en su vida; estaba viendo realizada la palabra.
No perdamos de vista a Cristo
Hay mucho más que podríamos decir de este encuentro, pero guarda esto en tu corazón: no permitamos que este tiempo difícil, con tanto caos, tanta maldad y tanta distracción, nos quite la mirada de Cristo.
Todos los que hemos nacido de nuevo tuvimos un encuentro con Él, y debemos mantener viva esa relación, esa intimidad con el Amado, con aquel que nos ha lavado con su sangre. Que Dios te bendiga y te guarde.
