LA ELOCUENCIA DE DIOS EN EL SILENCIO

JUAN 11

1 Estaba entonces enfermo uno llamado Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta su hermana.

2 (María, cuyo hermano Lázaro estaba enfermo, fue la que ungió al Señor con perfume, y le enjugó los pies con sus cabellos.

3 Enviaron, pues, las hermanas para decir a Jesús: Señor, he aquí el que amas está enfermo.

4 Oyéndolo Jesús, dijo: Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.

5 Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro.

6 Cuando oyó, pues, que estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba.

¿Te ha confiado Dios su silencio – un silencio que tiene gran significado?Los silencios de Dios son respuestas.” Estas fueron palabras de Oswald Chambers en su famoso devocional My Utmost For His Highest. Dios siempre nos habla a través de su palabra, sin embargo, hay momentos en los que clamamos al Señor, pero Él calla.


El Señor es fiel a su palabra. El dijo en Jeremías 33:3, “clama a mí y yo te responderé..” Cuando oramos, Dios escucha. Cuando pedimos, el responde. Sin embargo, hay momentos en los que Dios guarda silencio y no sabemos por qué. Cuando vemos que Dios no nos responde somos tentados a dudar y cuestionar. Si esta esta es tu situación, debes saber que aún en sus silencios Dios habla a sus hijos y que en su silencio hay una elocuencia que puede impactar tu corazón.


Vemos en Juan capítulo 11 que Lázaro, el hermano de Marta y María había enfermado. A esta preciosa familia, quienes eran amigos personales de Jesús, les había llegado una crisis que demandaba una respuesta inmediata. Las hermanas mandaron un mensaje a Jesús haciéndole saber que su amigo Lázaro estaba enfermo.


El deseo de Marta y María era que Jesús se apresurara para que sanara a su hermano y que así lo librara de la muerte. Pero dice el texto que el Señor permaneció dos días más en donde estaba. Quizás muchos de nosotros puede identificarse con Marta y Maria en ese momento. A veces estamos desesperados por ver al Señor manifestándose a favor nuestro, dándonos una palabra que conteste nuestras preguntas; pero en vez de esto lo que oímos es silencio.


Si estas en una situación desesperante en la que anhelas oír la voz de Dios, pero en vez de ello te sientes solo y abandonado, recuerda que Dios te esta confiando uno de sus silencios. Él conoce tu capacidad y madurez para soportar esta prueba hasta el momento en que Él muestre su gloria. El Señor te quiere llevar a un conocimiento más profundo de Él. Marta y María conocían que en Jesús había poder para sanar a Lázaro, pero no lo conocían en el poder de resurrección.


Cuando Jesús llego a Betania ya Lázaro tenía cuatro días de muerto. Para las hermanas y todos los que estaban allí, Jesús había llegado muy tarde. Tal vez tu también piensas que el Señor se está tardando demasiado en contestarte, pero si en verdad llegas a conocer el carácter del corazón de Dios y su fidelidad, sabrás que el Señor siempre está justo a tiempo.


¿Cuánto tiempo tienes esperando en Dios, esperando oír su voz? ¿Te atreves a creer que en este silencio ya Dios te está hablando? ¡Oh! cuan elocuente es nuestro Señor aun cuando calla; pues Dios cuando habla lo hace con propósito. Y también, cuando el Señor cierra su boca lo hace con propósito.


No temas a su silencio. No durará para siempre. Jesús llegó a Marta, María y Lázaro eventualmente. El Señor no llegó cuando ellas querían que él apareciera, tampoco vendrá cuando tu digas. Él responderá y actuará en el momento que Él determine; el momento que ha señalado para mostrar su gloria en tu vida.


Oswald Chambers termina diciendo en su devocional, “algo maravilloso acerca del silencio de Dios es que Su quietud es contagiosa – se entra en ti, causando que te vuelvas perfectamente confiado, de tal manera que puedes decir honestamente, ‘yo se que Dios me ha escuchado.’ Su silencio es la prueba de que lo ha hecho. Si el Señor Jesucristo te está trayendo al entendimiento de que la oración es para la glorificación de Su Padre, entonces Él te dará la primera señal de Su intimidad – el silencio.”

BENEFICIOS DE LA ACLAMACIÓN

Bienaventurado el pueblo que sabe aclamarte; Andará, oh Jehová, a la luz de tu rostro. En tu nombre se alegrará todo el día, Y en tu justicia será enaltecido. (Salmos 89:15-16)

Cuando oímos la palabra “bienaventurado” en la Biblia entendemos que se está hablando de bendición, de gozo y plenitud. Hay muchas bienaventuranzas en las Escrituras, pero todas al igual que esta, son para un pueblo que conoce a Dios y anda en su palabra. En esta escritura la promesa es para el pueblo que sabe aclamar a Dios. Es decir que hay un pueblo que no sabe. La razón por la cual muchos no saben es por ignorar la Palabra de Dios.

¿Qué es aclamar? Primero debemos entender que no es lo mismo que clamar. Clamar es pedir o suplicar a voz en cuello. Pero aclamar es dar un grito de júbilo, es un ruido de celebración o grito de alabanza. Esto significa que Dios quiere un pueblo que sepa levantar su voz en alabanza, un pueblo que grite lleno de gozo ante Él.

El Señor te dice que si sabes aclamarle eres bienaventurado, porque cuando alzas tu voz para alabar su nombre tu andas a la luz de su rostro. Este es el principal beneficio de aclamar a Jehová. El rostro de Dios es invisible, pero la luz de su rostro nos habla de su gloria haciéndose palpable en nuestras vidas. No podemos explicarlo con nuestros sentidos, pero lo percibimo en el espíritu. El Salmo 22 declara que Dios habita entre las alabanzas de Israel. Si queremos que la gloria de Dios brille sobre nuestras vidas es necesario que le alabemos, y mucho mejor si podemos dar grito de júbilo al Señor Jesucristo.

Otro beneficio para el pueblo o iglesia que aclama al Señor es que puede gozarse en su nombre todo el día (v.16). Se goza en su nombre porque conoce el poder y autoridad que hay en él. En el salmo 91 encontramos esta promesa: “Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; Le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre.” (Salmos 91:14). Este conocimiento no es intelectual sino espiritual.

No sólo nos gozamos en el nombre del Señor, sino que también somos exaltados en la justicia de Dios. Me gusta como el Comentario de John Gill explica esta parte del texto. “Y en tu justicia será enaltecido, de un estado bajo de pecado y miseria a un estado alto de gracia y gloria; de un estado de condenación y muerte a un estado de justificación de vida; de ser mendigos en el muladar, a sentarnos entre príncipes, y heredar el trono de gloria; aquellos que están vestidos con la justicia del Hijo de Dios son exaltados a una gran honra, como el ser admitidos a la presencia del Rey de reyes, para estar a su diestra en oro de Ofir, y para vivir y reinar con él para siempre en su reino y gloria.”

Esta palabra me ha animado a levantar mi voz para darle gloria a mi Dios con todas las fuerzas de mi corazón. Les puedo asegurar que hay una diferencia en el ambiente espritual cuando uno aclama al Señor de todo corazón. En verdad se puede percibir la luz de su rostro.

CONOCE TU IDENTIDAD ESPIRITUAL

Juan 13:3-5

Sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego  puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos,  y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido.

Cuando conoces tu identidad espiritual puedes humillarte hasta la sumo sabiendo que tu valor proviene de Dios. En estos últimos tiempos tenemos muchos jóvenes en la iglesia que no saben cual es su identidad en el cuerpo de Cristo. Cantan, adoran, levantan las manos, pero hacen estas cosas sin saber porque. Si no conocemos cual es nuestra herencia en Dios y cual es nuestro origen, no seremos capaces de humillarnos para hacer la voluntad de Dios en nuestras vidas. El texto que acabamos de leer nos muestra que antes de que Jesús se levantara de la mesa a lavar los pies de sus discípulos, él supo qué había recibido del Padre y cual era su origen. Fue después de esto que entonces se levantó de la mesa, despojándose de su manto y tomando la toalla del siervo. Él supo tres cosas importantes que le permitieron humillarse ante sus siervos.

Lo primero que Jesucristo conoció es que el Padre le había todas las cosas en sus manos.  Este conocimiento es importante, porque si él era el dueño de todo lo que hay podía humillarse para gloria de Dios, conociendo que no perdía nada al lavar los pies de aquellos que le servían. También nosotros, los que hemos creído en él, somos participantes de la herencia de nuestro Señor. En Romanos 8:17 dice: “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.”  Es decir que también todo aquel que es lavado con la sangre de Jesús hereda todas las cosas. Pero notemos que solo el que está dispuesto a padecer con Cristo, puede heredar con Cristo.  En ese mismo capítulo en el versículo 32 dice: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” Es necesario que la iglesia de hoy este consiente de cual es la herencia que tenemos en Cristo, la cual ya empezamos  a disfrutar en parte al ser sellados con el Espíritu Santo. Pablo les dice a los corintios “porque todo es vuestro: sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, se lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.” (1 Corintios 3:21-23).

La segunda verdad que Jesús conocía en su espíritu es que él había salido de Dios. El hecho de que haya dejado la mesa para hacer el trabajo de un siervo y lavar los pies de los discípulos, no cambiaba la realidad de su origen y su naturaleza. Él había salido de Dios. Si el creyente no está seguro de su nuevo nacimiento, no podrá humillarse para hacer el trabajo de un siervo. Todo aquel que cree y recibe al Señor como su Salvador es hecho hijo de Dios y es engendrado por la voluntad de Dios (Juan 1:12-13). Tenemos muchos jóvenes que se crían en la iglesia pero no conocen al Señor. Están siempre en el templo, pero aun no han nacido de nuevo. Jesús le dijo a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del espíritu, espíritu es.” (Juan 3:5-6). Cuando eres nacido de nuevo tienes convicción. Estas dispuesto a padecer persecución y morir por la causa de Cristo. El que es religioso solamente no puede permanecer en el momento de dificultad, cuando la vida está en peligro por causa de la palabra de Dios. Los mártires que han dado su vida por no negar a Cristo, han conocido que han nacido de Dios y este conocimiento les da la fortaleza para morir en la hoguera, para ser apedreados o morir crucificados por amor a Cristo.

El tercer punto que Jesús reconoce en su corazón es que él sabía que a Dios iba. Jesús sabía que pronto volvería a las alturas para estar con el Padre. Si sabemos que al partir de esta vida, estaremos viendo el rostro de nuestro Dios, para estar con él para siempre, entonces que importa las humillaciones que tengamos que pasar y los dolores que tengamos que padecer. El sufrimiento y dolor que pasemos en esta vida por la causa de Cristo no es para siempre. Un día iremos para estar con nuestro Padre celestial. Al conocer esta verdad en nuestros corazones entonces estaremos dispuestos a humillarnos ante nuestros hermanos para servirles en el área que Dios quiera.  Pablo reconoció su identidad en el Señor y el evangelio y dijo: “del cual yo fui constituido predicador, apóstol y maestro de los gentiles. Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quien he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mí depósito para aquel día.” (2 Timoteo 1:11-12).  Espero que Dios nos ayude a recibir revelación en nuestro espíritu, de cual es nuestra herencia, quienes somos en Dios, y cual es nuestro destino eterno. Que Dios nos ayude a ser como Jesús, sin ninguna altivez y dispuestos a servir.