Salmo 63


Dios, Dios mío eres tú;

De madrugada te buscaré; 
Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela,
En tierra seca y árida donde no hay aguas, 
Para ver tu poder y tu Gloria,
Así como te he mirado en el santuario.

Un hombre desesperado por la presencia de Dios, este es el cuadro que nos presenta el Salmo 63. Cuando David escribió este salmo pasaba por uno de los momentos mas dolorosos de su vida, sin embargo, en vez de mirar a su situación, su mirada estaba puesta en el Señor. Él sabía que le podía faltar todo, pero no podía vivir sin su comunión con Dios. 

Para entender lo que David estaba pasando en ese momento es necesario leer 2 Samuel 16. David se encontraba en el desierto huyendo de su hijo Absalón quien le perseguía para quitarle la vida. Este había tomado el trono de su padre por medio de un exitoso golpe de estado que sorprendió al rey y la nación. 

En la Biblia, el desierto representa los momentos de luchas y pruebas en la vida de los hijos de Dios.  Es el lugar donde somos probados como el oro y llegamos a experimentar grandes aflicciones. 

En su aflicción, David no sufría por causa de la corona que había perdido, sino por la traición del hijo que tanto amaba. ¡Cuantas emociones ahogaban su pecho y cuantos pensamientos lo llevaban al pasado! De seguro recordaba que lo que estaba pasando era una consecuencia del gran pecado que años atras había cometido.

Pero aunque a David le dolió que su hijo se rebelara contra él, en esos momentos de sufrimiento, lo que más extrañaba y anhelaba era la gloria de Dios. Él supo valorar más a Dios que su reino y sus posesiones. 

En su oración David declaró ”Dios, Dios mío eres tú.» A pesar de que sentía una gran necesidad de Dios, David quería proclamar que no había otro dios en su vida; nadie más ocupaba ese lugar. Esta parece ser una declaración sencilla, pero en realidad no comprendemos cuan profundo e impactante es declarar a Dios como nuestro Dios. Muchos pueden decir las mismas palabras, pero solo un verdadero adorador las gritará de todo corazón. 

Al ser un verdadero adorador, David propuso en su corazón buscar a Dios desde temprano, dándole al Señor el primer lugar en su vida. En Proverbios 8:17  dice: «yo amo a los que aman, y me hallan los que temprano me buscan.»  Como dice en el comentario bíblico de Adam Clarke, «Lo primero que agarre el corazón en la mañana es probable que ocupe el lugar todo el día.

¿Qué significa buscar a Dios? Es acercarnos en oración de fe y adoración en el Espíritu. No lo podemos encontrar en lo natural, dependiendo de nuestros cinco sentidos. Necesitamo utilizar los medios de comunicación que Dios dejó para los que andan en sus caminos. La oración y la adoración son los medios provistos por el Señor para que podamos tener comunión con él. 

Quizas alguien dirá, ¿porqué hay que buscar a Dios; acaso está perdido? Pues, le buscamos porque vivimos en un mundo que no puede recibir la manifestación de la gloria de Dios en su esencia. El pecado de Adán y Eva se convirtió en una barrera que nos separó de Él. Por esto el mundo es un desierto espiritual donde escasea la vida de Dios, a causa de su enemistad contra Dios.

Además de esto,  el Salmo 105:4 dice: Buscad a Jehová y su poder. Buscad siempre su rostro. Esta palabra no es una sugerencia sino un mandato que hacemos bien en obedecer. 

David continua diciendo: «mi alma tiene sed de ti.» Todos hemos sentido sed en nuestra boca y sabemos que esa sed manifiesta una necesidad de agua y nada más la puede saciar. De la misma manera el alma también experimenta una sed, sed por la presencia de Dios. 
 
Nada más en esta vida podrá saciar la sed de Dios en nuestros corazones, y aun así  muchas veces tratamos de saciar la sed de nuestro interior con otras cosas.  Nos dejamos engañar del enemigo quien nos hace creer que no es sed de Dios lo que sentimos, sino una necesidad de adquirir posesiones, fama, o reconocimiento, entre otras cosas. 

Pero el que conoce a su Dios no será confundido jamás, y podrá decir como David, «mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo.» (Salmo 42:2a)

David deseaba tanto la presencia de Dios en su vida que aun en su cuerpo sentía necesidad del Señor. Al decir, «mi carne te anhela», él expresaba que su necesidad abarcaba su interior y exterior. Todo su ser clamaba a Jehová por las aguas refrescantes de su Espíritu. 
 
En su desierto, David necesitaba ver el poder y la gloria de Dios de la misma manera que la había visto en el santuario. El refrigerio de su presencia nos renueva y nos ayuda a seguir adelante. 

Es lemantable que hoy en día la tierra seca y árida no sea el desierto de Judá, sino muchos santuarios carentes de la gloria de Dios y del poder del Espíritu Santo.

Hoy más que nunca necesitamos ver a Dios manifestado en la tierra. Ojalá que el Señor nos ayude a tener esa hambre que atrae la gloria de Dios a nuestras vidas.