LAS 70 SEMANAS (Dn. 9:24-27)

 

vintage-hand-on-the-clock

Hace mucho que publiqué un estudio acerca de Daniel y la oración en el capítulo 9. En esta ocasión deseo continuar hablando de las profecías del libro de Daniel y me voy a enfocar en la segunda parte de este capítulo, el cual trata el tema de las setenta semanas. Esta revelación es un esquema condensado del reloj profético de Dios para Israel, y por ende, para este mundo.

Daniel se encontraba en ayuno y oración pidiendo perdón por los pecados de su pueblo e intercediendo para que el Señor regresara a los cautivos que se encontraban en Babilonia a su tierra, Israel.

Mientras él clamaba en la presencia de su Dios, vino el ángel Gabriel para hacerle entender el plan de Dios para su pueblo.

V. 24 Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos. 

Antes de analizar esta profecía, debemos estar conscientes de la importancia del calendario judío al medir el tiempo determinado por Dios para su pueblo.

Grant Jeffrey nos enseña algo importante al respecto: “Un factor importante, pero frecuentemente ignorado en la cronología de la profecía, es la de la duración correcta del año profético. El año judío en los tiempos bíblicos era lunar-solar y solo tenía 360 días.

Por consiguiente, si deseamos entender el tiempo exacto envuelto en esta profecía, necesitamos calcular utilizando el calendario correcto de 360 días que utilizaron los profetas.

En el libro de Apocalipsis, la visión de la gran tribulación describió los tres años y medio finales, siendo 1260 días exactamente. “Un tiempo y tiempos y la mitad de un tiempo.” Ap. 12:6. Un tiempo = un año de 360 días; versículo 14), y “cuarenta y dos meses” de treinta días cada uno (13:5). Estas referencias confirman que el año bíblico para cálculos históricos y proféticos contenían precisamente 360 días.

Gabriel le informó a Daniel que Dios había determinado setenta semanas para en ese tiempo llevar a cabo los planes que tenía en su agenda, que son:

  • Terminar la prevaricación
  • Poner fin al pecado
  • Expiar la iniquidad
  • Traer la justicia perdurable
  • Sellar la visión y la profecía
  • Ungir al Santo de los santos

Las setenta semanas son, pues, semanas de años que nos dan un total de 490 años. Pero es muy importante saber en que momento comienzan a correr estas semanas en el calendario de Dios. De lo contrario vamos a terminar totalmente confundidos en cuanto al significado de esta profecía.

Por la gracia de Dios, Gabriel le traía a Daniel la información en cuanto al tiempo en que iniciaba la primera semana.

V. 25 Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos.

Notemos que en este versículo se está hablando de dos períodos; uno de siete semanas, y otro de 62 semanas.

La orden de reconstruir los muros de Jerusalén fue dada por el rey persa Artajerjes Longimanus en el mes de Nisán, en el año veinte de su reinado.

En ese día el rey observó que Nehemías su copero estaba triste y quiso saber cual era la causa de ello. Fue de esa conversación que vino la orden para la restauración de los muros de Jerusalén (Nehemías 2:1).

El Observatorio Real de Greenwich, en el Reino Unido, ha calculado que el primero de Nisán en el año veinte de Artajerjes ocurrió en Marzo 14, 445 A.C.

Aunque hubieron otras ordenes para la restauración de los judíos y su ciudad amada, esta fecha es la que encaja con los demás acontecimientos anunciados más adelante en esta profecía.

Desde Marzo 14, 445 A.C en adelante debemos contar siete semanas de años que nos dan un total de 49 años.

7 x 7 = 49

Luego hay un período de 62 semanas que equivalen a 434 años.

62 x 7 = 434

7 + 62 = 69

Después de la semana sesenta y dos se le quitará la vida al Mesías (Abril 6, 32 D.C. día de la entrada triunfal).

Nota: Al calcular la duración de años entre cualquier fecha antes de Cristo (A.C.) a cualquier fecha después de Cristo (D.C.), un año debe ser siempre omitido. Es decir, que el tiempo transcurrido entre la pascua en el 1 A.C. y la próxima pascua en el 1 D.C. fue solo un año, no dos años.

También es necesario saber que cuando estudiamos la historia antigua, los sucesos que ocurrieron A.C. se cuentan de forma regresiva. O sea que, después del año 445 A.C. vino el año 444 A.C., 443 A.C., etc.

No es que los antiguos contaban de forma regresiva, sino que los historiadores decidieron tomar el nacimiento de Cristo como un punto de referencia para fijar las fechas de los sucesos de la historia.

Las primeras 69 semanas terminaron cuando se le quitó la vida al Mesías. Sin embargo, la semana 70 de la profecía de Daniel, los últimos siete años de esta era, falta por cumplirse aun.

La pregunta que podemos hacer es ¿porqué no continuó el cumplimiento de la semana número 70 después de la muerte y resurrección de Cristo?

Es obvio que Dios hizo una pausa en su reloj profético porque tenía un plan especial para la humanidad.

Ha sido durante esta pausa de casi dos mil años que Dios ha injertado a los gentiles en el plan de salvación. La iglesia es el resultado de la obra de Cristo quien al morir detuvo el tiempo en 483 años, es decir, 69 semanas.

Recordemos lo que dice en 2 Pedro 3:9: El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento. 

Es por amor a nosotros los que hemos creído y a los que faltan por venir, que el Señor aun no ha terminado con todo lo que tiene escrito en su gran agenda.

DANIEL Y LA ORACIÓN (capítulo 9)

Imperial-Sackcloth

Daniel 9

El profeta Daniel fue llevado cautivo a Babilonia en la primera deportación de los judíos por el rey Nabucodonosor (605 a.C), cumpliéndose en él y los demás cautivos, parte de las profecías de Jeremías, quien había anunciado de antemano la destrucción de Jerusalén y el templo.

Daniel vivió durante el esplendor y la gloria del reino de Nabucodonosor que fue considerado la época de oro de Babilonia. Presenció La caída del imperio en manos de Belsasar, y el levantamiento del Imperio Medo-Persa bajo el rey Ciro.

Ya cuando estaba avanzado en edad y viendo que el cautiverio se acercaba a los 70 años, Daniel estudiaba el libro de Jeremías en donde encontró el número de años que debía dura la cautividad.

Jeremías 25:11-12 dice: Toda esta tierra será puesta en ruinas y en espanto; y servirán estas naciones al rey de Babilonia setenta años. Y cuando sean cumplidos los setenta años, castigaré al rey de Babilonia y a aquella nación por su maldad, ha dicho Jehová, y a la tierra de los caldeos; y la convertiré en desiertos para siempre.

Esta palabra profética animó su espíritu a interceder por su pueblo humillándose delante de la presencia del Señor. Su deseo era conocer la voluntad de Dios para su pueblo, y quería confirmar el cumplimiento de esa profecía. Encontramos en Daniel 9:3 los diferentes medios utilizados por el profeta para buscar el rostro del Señor. Lo buscaba en oración y ruego, en ayuno, cilicio y ceniza.

Oración

Cuando Daniel leyó la profecía que Jehová le había dado a Jeremías, surgió en su corazón un deseo de buscar el rostro de Dios en oración. A través de las Escrituras Dios nos está llamando a que busquemos su rostro. El Salmo 105:4 dice: Buscad a Jehová y su poder; buscad siempre su rostro. En Amós 5:4 dice el Señor: Pero así dice Jehová a la casa de Israel: Buscadme y viviréis.

Ruego

Dice el texto que Daniel le buscaba en ruego. El ruego o súplica es sinónimo de oración. Sin embargo, esta palabra tiene un significado único en sí mismo. David Reagan en su sitio “Learn the Bible” da esta definición: “De acuerdo a la historia de la palabra súplica, se refiere a doblegarse e indica una sumisión arrodillándose o postrándose. Rogar o suplicar es pedir humildemente y seriamente. Se refiere más a nuestra actitud en la oración.” Rogarle o suplicarle al Señor denota nuestra dependencia en la misericordia de Dios.

Ayuno

También dice Daniel 9:3 que él le buscaba en ayuno. Esta es una de las armas más poderosas del creyente; pero debemos cuidarnos de no ayunar incorrectamente. En Isaías 58 Jehová reprende a su pueblo porque ayunaba, pero no vivía como el Señor le demandaba. El ayuno sin obediencia a la palabra de Dios es pasar hambre. Pero a pesar de esto, el ayuno continúa siendo una parte importante de la búsqueda de Dios.

En el Nuevo Testamento vemos que aun nuestro Señor Jesucristo tuvo que ayunar. Seguido Jesús salió de las aguas del bautismo, el Espíritu lo llevo al desierto, donde ayuno cuarenta días y cuarenta noches. Jesús nos revela que hay géneros de espíritus inmundos que no salen si no es con ayuno y oración. Marcos 9:29 – Y les dijo: Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno.

Cilicio

El cilicio era una vestidura de saco que en los tiempos antiguos su usaba como muestra de luto o gran tristeza. Cuando los hermanos de José le mintieron a Jacob diciéndole que había sido despedazado por una fiera, Jacob rasgó sus vestidos y se vistió de cilicio en señal de luto y dolor por la pérdida de su hijo (Génesis 37:34).

También tenemos el ejemplo de Mardoqueo en Ester 4, que cuando vio que el edicto para exterminar a los judíos había sido enviado a las ciudades bajo el reino Persa, se vistió de cilicio y caminaba gimiendo ante todos.

Sin embargo, hoy en día, en muchos círculos cristianos el cilicio significa buscar a Dios en oración dejando la cama y durmiendo en el piso. Esto ocurre porque en la mayoría de versículos donde encontramos la palabra cilicio también vemos que la persona se postraba o dormía en ceniza. Pero no siempre se hacían ambas cosas.

En este tiempo el creyente no necesita vestirse de sacos para buscar a Dios en oración. Creo que el cilicio debe ser una vestidura espiritual que utilizamos cuando gemimos en intercesión por la iglesia y las almas perdidas. El cilicio era una representación tangible del dolor que sentía el individuo.

Aunque hoy no necesitamos mostrar el dolor que sentimos con un vestuario visible, podemos vestir el cilicio en el corazón. Recordemos que nuestro cilicio no debe ser a causa de una tristeza carnal o egoísta, sino por amor al Señor y su obra cuando el Espíritu Santo nos dirija.

Ceniza

El postrarse en ceniza era la expression de humillación y dolor más grande para los orientales del pasado. Como ya dijimos, la persona doliente se postraba y dormía en cenizas, usualmente acompañado del cilicio (Ester 4:3). El uso de cenizas en el arrepentimiento o búsqueda de Dios en oración no era una práctica ordenada por Dios. Más bien, era una costumbre de los antiguos en el medio oriente que surgió como una expresión emocional en momentos de dolor.

Cuando Job perdió todos sus bienes, sus hijos y su salud estuvo enlutado sentado en ceniza (Job 2:8). La ceniza es lo último que queda después que el fuego devora un objeto. En sentido figurado la ceniza significa “algo falto de valor,” “insignificante,” “que se desvanece.”

No necesitamos postrarnos en ceniza para demostrar que sentimos dolor o que estamos humillados ante el Señor. Pero el significado que tenía esa práctica debe ser parte de la humillación nuestra en el corazón. En la actualidad es difícil encontrar siervos y siervas que oren con gemido, lágrimas y lamento.

Claro está que este tipo de oración no es para una rutina diaria, sino para momentos señalados por el Espíritu Santo. Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Romanos 8:26.

En su oración, Daniel hizo confesión a Dios por sus pecados y los pecados del pueblo. Aunque él se había mantenido fiel a Dios en Babilonia, y Dios le había revelado grandes cosas, Daniel tuvo la humildad para reconocer que no era más grande que los demás. Su oración conmovió el corazón de Dios, y sin esperar que terminara, Jehová envió el ángel Gabriel para hablar con su siervo.

En Daniel 9:20-21 dice: Aún estaba hablando y orando, y confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, y derramaba mi ruego delante de Jehová mi Dios por el monte santo de mi Dios; aún estaba hablando en oración, cuando el varón Gabriel, a quien había visto en la visión al principio, volando con presteza, vino a mí como a la hora del sacrificio de la tarde.

Recordemos que Daniel estaba en ayuno, pero la respuesta vino cerca de la hora del sacrificio de la tarde. Es decir, cerca de las tres. Desde la mañana hasta la tarde Daniel se mantuvo clamando intensamente hasta recibir la respuesta.

Que el Señor nos ayude a buscarle de todo corazón. Estando dispuestos a rendirlo todo a Él, dándole siempre el primer lugar en nuestras vidas.